Hola de nuevo:
La vez pasada les conté de mi nacimiento. De mi abue que tenía la ilusión de ponerme por nombre Carlo (en memoria de Carlomagno) y su desencanto al saber que tendría un nieto enano.
He decidido echarles un segundo rollo porque recibí un comentario y eso me motivo a escribir un poco más. (Gracias Miluna.)
Pues ni remedio, nací. Mi madre insistió en ponerme el nombre que el abuelo había querido, Carlo, sin el magno, desde luego. Ella le decía:
-Oye, papá, Napoleón no era muy alto que digamos. Y no lo digo por buen ejemplo, pero tampoco Hitler ni Musolini. Este niño puede llegar a ser alguien famoso.
-Como los enanos de Blanca Nieves –respondía el viejo.
La verdad es que me da risa mi historia. No paro de reír aunque me sobrevienen ataques de tos. Creo, si están de acuerdo conmigo, que el destino siempre nos juega alguna chanza a todo mundo. ¿Cuántos de ustedes no quisieron ser arquitectos y terminaron juntando tabiques en una construcción? (vaya, lo digo sin desprecio a los albañiles, sino por esa ironía de los que quisieron ser arquitectos.)
Ese es otro de mis defectos, según los pocos amigos que tengo, ellos dicen que lo peor de mí no es que soy enano, sino que digo lo que siento.
En fin, continúo. Mi madre me llenó de mimos. Mi abuelo no paró por casa hasta que cumplí los tres años y dicen que, torpemente, le dio un beso a mamá en la frente y le entregó para mí una ropa que, desde luego, me quedaba grande.
No puedo decir que mi infancia transcurrió con amarguras y sin sabores. Tuve de todo, cumpleaños, juguetes, buena alimentación, mimos de mi madre, todo eso.
¿Cuándo me di cuenta que era un enano? No cuando entré a la escuela primaria ni cuando me formaban delante de todos los compañeros, sino cuando mi madre decidió casarse por segunda vez y decidió darme un hermanito.
Nació el perfecto Jorge, el que mediría 1.80 como mi padrastro, el que acaparó toda la atención. El que hasta cuando cagaba recibía el aplauso unánime.
Parecerá que le tengo envidia. Se la tuve. Ahora lo quiero mucho. Pero en ese momento, vaya, me desplazó y tal vez aunque yo no hubiera sido enano, me hubiera sentido igual. De golpe y porrazo, nadie volvió a interesarse en mí. Quedé arrumbado con todo y mis juguetes.
Debo aclarar que ya antes, cuando tuve siete años, la tía Ignacia, me había sentado un día en sus viejas rodillas desgastadas por la osteoporosis y me dijo:
-Carlo, debo decirte algo. No vas a crecer mucho.
Así que ya estaba prevenido. No demasiado, pues no pensé que eso no de no vas a crecer mucho fuera tan categórico.
Debió ser como en tercero de primaria cuando comencé a entender que las palabras de la tía tenían un sentido mucho más dramático. De pronto, todos mis compañeros, esos con los que había comenzado la escuelita ya me sacaban una cabeza de estatura y yo seguía siendo el mismo.
Decidí confrontar a la familia y les pregunté qué demonios pasaba conmigo.
Estas fueron las opiniones:
-Te lo advertí –dijo la tía Ignacia-, un poco más pequeño…
-Lo importante es lo que eres por dentro, no por fuera –señaló mamá.
-No lo engañen, será un jodido enano –remató el abuelo.
Aquello derivó en otra discusión familiar y un nuevo distanciamiento con el abuelo, de lo cual yo parecí ser la causa. El viejo volvió a convertirse en el hombre invisible por otros tres años.
Esto me hizo aislarme. Los demás niños comenzaron a tener intereses deportivos, sobre todo el futbol, yo, el de observarlos sentadito en una grada de la escuela, pues la verdad es que me encantaba el fut y admiraba a esos que tenían la destreza de hacer retumbar el balón de una patada.
Pasaba largo rato sumido en mis pensamientos, sintiéndome caer en un agujero que no comprendía y viendo con terror que cada minuto, cada hora, cada año que pasara, mi problema sería mucho más evidente a los ojos del mundo. Me sentía como el hombre lobo que se va transformando en esa cosa peluda y horripilante que causa asco y terror a los demás.
Así que el hombre lobo, los vampiros y todos esos seres del averno me parecieron algo así como mis hermanos. Los comprendí. La gente, en las películas, los buenos, por llamarlos de algún modo, siempre matan a palos y a balazos a esas criaturas, pocos autores han tratado de desarrollar la anécdota del sufrimiento de ese ser que no tiene la culpa de su mal destino. Lo soslayan. Es decir, he visto películas donde el monstruo dice con voz cavernosa. Doctor Franquenstein, ¡ayúdeme! ¡Ayúdeme! Mientras el doctor retrocede aterrado. Luego el monstruo lo ahorca y ese sentimiento de pavor y melancolía queda sepultado por su perversa acción.
Otra película que comenzaba a llamar mi atención fue Entrevista Con El Vampiro, quitándole todo el rollo homosexual, me pareció que comenzaba a tratar el lado doloroso del vampiro que no quiere serlo, pero se quedo a medias.
Para no hacer el cuento largo, me volví silencioso y los maestros, poco entendedores de mi conducta, se limitaron a regañarme y a llamar a mi madre para que me llevara al loquero o hiciera algo. En ese entonces, a mi generación nos tocó que los maestros daban buenos golpes y tirones de pelo a los alumnos, así que enano y todo, pero me llevé lo mío, y todo por no salir de mi mundo y claro, porque al no salir de él, prestaba poca atención a las cosas de la escuela.
Pero como en todo, no existen los absolutos, un día cayó en mis manos la novela de Robin Hood y de pronto descubrí lo hermoso de la literatura. Ese tío viviendo aventuras frente a un mundo hostil, se convirtió en mi héroe. Imaginaba que si yo viviera en su mundo, él no tendría ningún empacho en hacerme parte de su banda. Yo sería Carlo el enano experto en usar la resortera o algo así.
Ese fue el equilibrio que encontré entre lo duro del mundo y de mi mal, pude sobrevivir a los maltratos, pude, incluso, mejorar en la escuela, pude hasta el día en que apareció Clara Martínez y me enamoré como un gigante…
Un saludo.
Carlo.